“Está escrito”
“Está escrito”
JESÚS se halla al comienzo de su ministerio. Acaba de regresar a su pueblo, Nazaret, y quiere que la gente llegue a una importantísima conclusión: él es el Mesías anunciado en las antiguas profecías. ¿Qué pruebas presenta para demostrarlo?
Todos los oyentes, que de seguro conocen bien esa profecía mesiánica, tienen la vista fija en Jesús y, expectantes, guardan silencio. Entonces, él les dice: “Hoy se cumple esta escritura que acaban de oír”, y explica, posiblemente con detalle, esa profecía. Los presentes se asombran de la belleza de sus palabras, pero es obvio que muchos siguen esperando que realice algún milagro espectacular. Jesús, sin embargo, cita con valentía ejemplos de las Escrituras para criticar su falta de fe. En menos de lo que canta un gallo, tiene a sus vecinos de Nazaret tratando de matarlo (Lucas 4:20-30).
Jesús estableció en esta ocasión la pauta que seguiría durante todo su ministerio: se basó siempre en la Palabra que Dios había inspirado. Es cierto que sus milagros fueron importantes demostraciones de que contaba con el apoyo del espíritu santo. Sin embargo, para él, nada tenía mayor importancia que las Sagradas Escrituras. Examinemos el ejemplo que nos dejó nuestro Maestro en este asunto. Veremos la manera en que citó, defendió y explicó la Palabra de Dios.
Citó la Palabra de Dios
Jesús deseaba que sus oyentes entendieran cuál era el origen de su mensaje. Por eso dijo: “Lo que yo enseño no es mío, sino que pertenece al que me ha enviado” (Juan 7:16). También señaló: “No hago nada por mi propia iniciativa; sino que hablo estas cosas así como el Padre me ha enseñado” (Juan 8:28). Y admitió: “Las cosas que les digo a ustedes no las hablo por mí mismo; sino que el Padre que permanece en unión conmigo está haciendo sus obras” (Juan 14:10). Una manera como demostró que esas afirmaciones eran ciertas fue citando constantemente de la Palabra escrita de Dios.
Al estudiar con detenimiento las palabras de Jesús referidas en la Biblia, vemos que citó directa o indirectamente de más de la mitad de los libros de las Escrituras Hebreas. A primera vista, tal vez no parezca un dato destacable, e incluso habrá quien pregunte por qué no citó de todos los libros inspirados existentes en su día, ya que al fin y al cabo pasó tres años y medio enseñando y predicando públicamente. En realidad, es muy posible que lo hiciera. Recordemos que solo se ha puesto por escrito una pequeña parte de sus palabras y obras (Juan 21:25). De hecho, basta con unas pocas horas para leer en voz alta todas las palabras de Jesús incluidas en la Biblia. Teniendo esto presente, es toda una hazaña que en unas pocas horas de enseñanza sobre Dios y su Reino lograra incluir referencias a más de la mitad de los libros de las Escrituras Hebreas. Además, en la mayoría de las ocasiones, Jesús no tenía a su disposición rollos manuscritos. Cuando pronunció su famoso Sermón del Monte, hizo referencia a las Escrituras Hebreas o citó textualmente de estas en decenas de ocasiones, todas ellas de memoria.
Las citas que Jesús hizo demostraban su profunda reverencia por la Palabra de Dios. Sus oyentes “quedaban atónitos por su modo de enseñar, porque allí estaba enseñándoles como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Marcos 1:22). A los escribas les encantaba salpicar sus explicaciones con referencias a la llamada ley oral, para lo cual citaban las palabras de los instruidos rabinos de la antigüedad. Pero Jesús nunca se basó en la ley oral o en las ideas de algún rabino. Más bien, tomaba la Palabra de Dios como la autoridad final. Vez tras vez nos lo encontramos diciendo: “Está escrito”. Usó esa expresión y otras semejantes tanto al enseñar a sus discípulos como al corregir ideas erróneas.
Cuando Jesús echó del templo de Jerusalén a los mercaderes, dijo: “Está escrito: ‘Mi casa será llamada casa de oración’, pero ustedes la hacen cueva de salteadores” (Mateo 21:12, 13; Isaías 56:7; Jeremías 7:11). Tras esa valerosa acción, realizó muchos milagros allí. Los niños que los vieron quedaron tan impresionados que se pusieron a alabarlo. Sin embargo, los líderes religiosos le preguntaron con indignación si estaba escuchando lo que los niños decían. Les respondió: “Sí. ¿Nunca leyeron esto: ‘De la boca de los pequeñuelos y de los lactantes has proporcionado alabanza’?” (Mateo 21:16; Salmo 8:2). Jesús quería que ellos supieran que la Palabra de Dios aprobaba lo que los muchachitos estaban haciendo.
Más tarde, los guías religiosos se reunieron en el templo para confrontar a Jesús y preguntarle: “¿Con qué autoridad haces estas cosas?” (Mateo 21:23). Él dejó muy claro el origen de su autoridad. No era un innovador que estuviera exponiendo nuevas doctrinas. Se limitaba a aplicar lo que decía la Palabra inspirada de Dios. En realidad, eran los sacerdotes y escribas quienes estaban mostrando gran falta de respeto a Jehová y su Palabra. Tenían bien merecido que Jesús los censurara y denunciara sus malas intenciones (Mateo 21:23-46).
Al igual que Jesús, los verdaderos cristianos nos apoyamos en la Palabra de Dios al realizar nuestro ministerio. En todo el mundo se nos conoce por el entusiasmo con que difundimos el mensaje bíblico. (2 Timoteo 3:16). ¡Qué alegría nos da cuando nos dejan leer algunos versículos y mostrar el valor y el significado que tiene la Palabra de Dios! Aunque no tenemos la memoria perfecta de Jesús, contamos con muchas ayudas que no existían en su época, diccionarios , comentarios , incluso ayudas en los idiomas originales, podemos decir esta escrito! de esa forma imitamos a JESUS nuestro Maestro.