Texto Libre

Monday 14 december 1 14 /12 /Dic 04:26
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“MIS propios errores han pasado sobre mi cabeza; como una carga pesada son demasiado pesados para mí. Me he entumecido y he quedado aplastado hasta grado extremo”, escribió el salmista David (Salmo 38:4, 8). Aunque sabía lo abrumadora que es una conciencia culpable, halló consuelo para su atribulado corazón. Comprendía que Dios odia el pecado, pero no al pecador que lamenta sinceramente su mala conducta y la rechaza. Por ello, con total confianza en la disposición divina a apiadarse del arrepentido, exclamó: “Tú, oh Jehová, [...] estás listo para perdonar” (Salmo 86:5).
Cuando nosotros pecamos, seguramente también sentimos el peso aplastante de la conciencia dolida. Es un remordimiento saludable, pues puede movernos a dar los pasos debidos para corregir los errores. Sin embargo, existe el peligro de ahogarse en la culpa. El corazón pudiera condenarnos, obsesionado con la idea de que Dios no nos perdonará, sin importar lo arrepentidos que estemos. Si nos ‘traga’ la culpa, Satanás tal vez se aproveche y nos incite a darnos por vencidos y a creer que Dios nos considera inútiles e indignos de servirle (2 Corintios 2:5-11).
 ¿Ve Dios los asuntos así? De ningún modo. Perdonar es una faceta de su inmenso amor, y él nos asegura en su Palabra que está dispuesto a hacerlo siempre que demostremos arrepentimiento verdadero (Proverbios 28:13). Algo que nos ayudará a no considerar inalcanzable su perdón será examinar por qué lo concede y de qué manera.
Razones por las que Dios está “listo para perdonar”
 Nuestro Padre Celestial tiene plena conciencia de nuestras limitaciones. Como dice Salmo 103:14, “conoce bien la formación de nosotros, y se acuerda de que somos polvo”. En efecto, no olvida que somos criaturas hechas de polvo, con las flaquezas y debilidades que conlleva la imperfección. Por otro lado, la indicación de que conoce “la formación de nosotros” nos recuerda que la Biblia compara a Dios a un ceramista, y a los seres humanos, a vasijas a las que da forma (Jeremías 18:2-6). El Gran Alfarero regula su manera de tratarnos de acuerdo con la fragilidad de nuestra naturaleza pecaminosa y con la respuesta —positiva o negativa— que damos a su dirección.
Dios comprende el poder del pecado, al que describe en su Palabra como una gran fuerza que nos tiene entre sus garras mortíferas. Ahora bien, ¿hasta qué grado nos domina? El apóstol Pablo indica en su carta a los Romanos que, tal como los soldados están subordinados al comandante, nosotros nos hallamos “bajo [el] pecado” (Romanos 3:9), el cual ‘reina’ sobre la humanidad (Romanos 5:21) y “reside” o “mora” en nuestro interior (Romanos 7:17, 20); además, la “ley” del pecado actúa siempre en nosotros y trata de dirigirnos (Romanos 7:23, 25). ¡Con cuánta fuerza tiene sometida a nuestra naturaleza imperfecta! (Romanos 7:21, 24.)
 Así pues, Dios sabe que, por mucho que deseemos obedecerle, no lograremos hacerlo a la perfección. En muestra de amor, nos asegura que nos perdonará si imploramos su misericordia con arrepentimiento sincero. Salmo 51:17 dice: “Los sacrificios para Dios son un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y aplastado, oh Dios, no lo despreciarás”. No, nunca rechazará un corazón “quebrantado y aplastado” por la carga de la culpabilidad.
 ¿Implica lo anterior que podemos dar por sentada su misericordia y poner nuestra naturaleza imperfecta como excusa para obrar mal? De ninguna manera. Nuestro Padre no es sentimentalista, y su misericordia tiene límites, de forma que no perdonará en modo alguno a quien se obstina en practicar el pecado, adoptando una actitud impenitente (Hebreos 10:26). Sin embargo, será magnánimo con el arrepentido. Veamos a continuación algunas expresivas imágenes bíblicas de esta maravillosa faceta del amor divino.
El alcance del perdón de Dios
 David dijo arrepentido: “Por fin te confesé mi pecado, y no encubrí mi error. [...] Y tú mismo perdonaste el error de mis pecados” (Salmo 32:5). El verbo hebreo para ‘perdonar’ significa básicamente “alzar” o “llevar”, y en este versículo, “llevarse la culpa, la iniquidad o la transgresión”. En sentido figurado, Dios levantó los pecados del salmista y los retiró, lo que sin duda alivió el sentimiento de culpabilidad que lo abrumaba (Salmo 32:3). Nosotros también debemos tener confianza absoluta en el Dios que nos quita los pecados si le imploramos perdón en virtud de la fe en el sacrificio redentor de Jesús (Mateo 20:28).
David describió la magnanimidad de Dios con otra imagen muy gráfica: “Como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones” (Salmo 103:12, La Biblia de las Américas). ¿Cuánta separación hay entre ambos puntos cardinales? En cierto sentido, la mayor concebible, ya que nunca pueden encontrarse. Un comentarista indica que esta frase quiere decir “lo más lejos que sea posible o que alcancemos a figurarnos”. Las palabras inspiradas del salmista significan que cuando Nuestro Dios nos perdona, aparta los pecados a la mayor distancia imaginable.
 ¿Ha intentado usted sacar una mancha de una prenda de color claro? Es posible que, a pesar del empeño que pusiera, siguiera notándose. Pues bien, observe cómo describe Jehová su capacidad de perdonar: “Aunque los pecados de ustedes resulten ser como escarlata, se les hará blancos justamente como la nieve; aunque sean rojos como tela de carmesí, llegarán a ser aun como la lana” (Isaías 1:18). El “escarlata” era un rojo vivo, y el “carmesí”, el color intenso de ciertas telas teñidas (Nahúm 2:3). Nunca lograremos eliminar la mancha del pecado con nuestros propios esfuerzos, pero Dios consigue que, por así decirlo, transgresiones escarlatas y carmesíes se vuelvan blancas como la nieve o la lana sin teñir. No debemos creer que perdurará toda la vida la mancha de los errores que nos ha perdonado.
 En una conmovedora canción a Dios, compuesta para agradecerle que lo hubiera librado de una enfermedad mortal, Ezequías señaló: “Has arrojado tras tus espaldas todos mis pecados” (Isaías 38:17). En esta imagen Dios aparece llevándose las faltas del arrepentido y arrojándolas tras de sí, donde ya no las verá ni reparará en ellas. De acuerdo con una obra especializada, esta es la idea que se quiere transmitir: “Has hecho que [mis pecados] sean como si no hubiesen ocurrido”. ¿Verdad que es reconfortante?
 El profeta Miqueas expresó en una promesa de restauración su convencimiento de que el Altísimo perdonaría al pueblo arrepentido: “¿Quién es un Dios como tú, [...] [que] pasa por alto la transgresión del resto de su herencia? [...] [Tú] arrojarás a las profundidades del mar todos sus pecados” (Miqueas 7:18, 19). Imaginemos el sentido de estas palabras para quienes vivían en tiempos bíblicos. ¿Había alguna posibilidad de recuperar lo que se lanzara “a las profundidades del mar”? No. Por tanto, las palabras de Miqueas revelan que cuando Dios nos absuelve de los pecados, los elimina definitivamente.
 Jesús recurrió a la relación existente entre acreedores y deudores para ilustrar que Dios está inclinado al perdón, pues nos exhortó a orar: “Perdónanos nuestras deudas” (Mateo 6:12). De este modo, equiparó los pecados a obligaciones financieras (Lucas 11:4). En efecto, cuando pecamos, nos hacemos “deudores” de Dios Cierto léxico explica que el significado del verbo griego para “perdonar” es “dejar pasar un débito, o dispensarlo, al no exigir su pago”. Cuando Dios perdona, es como si cancelara lo que tendría que cargar en nuestra cuenta. Los arrepentidos pueden sentir alivio: una vez anulada la deuda, nunca se la reclamará (Salmo 32:1, 2).
 El perdón de Dios se representa también en Hechos 3:19: “Arrepiéntanse, por lo tanto, y vuélvanse para que sean borrados sus pecados”. Las palabras en cursiva traducen un verbo griego que puede significar “quitar frotando”, “cancelar” o “aniquilar”. En opinión de algunos entendidos, transmite la imagen de borrar palabras escritas con tinta. ¿Cómo era posible borrar este líquido? Gracias a que se trataba por lo general de una mezcla de carbón, goma y agua, lo cual permitía despintar las letras con una esponja mojada si no había pasado mucho tiempo. De esta manera se ilustra bellamente la misericordia de Dios. Cuando él nos absuelve de un pecado, es como si lo eliminara pasándole la esponja.
 Al reflexionar en tales imágenes literarias, ¿no es obvio que Dios desea que sepamos que realmente está dispuesto a perdonarnos los pecados si nos ve arrepentidos de corazón? Y no debemos temer que más tarde vaya a tenerlos en cuenta. Así lo indica otra enseñanza bíblica sobre su gran misericordia: siempre que Dios perdona, también olvida.
“No me acordaré más de su pecado”
 Dios hizo esta promesa referente a los partícipes del nuevo pacto: “Perdonaré su error, y no me acordaré más de su pecado” (Jeremías 31:34). ¿Quiere decir esto que cuando él dispensa las faltas, las borra de su memoria? No, porque las Escrituras refieren los errores de muchas personas a quienes perdonó, como David (2 Samuel 11:1-17; 12:13). Es obvio que Dios sigue teniendo conciencia de ellos, y para beneficio nuestro, los ha dejado por escrito en su Palabra, señalando además que el arrepentido obtuvo la remisión de sus pecados (Romanos 15:4). Entonces, ¿qué significa la afirmación bíblica de que Nuestro Padre Celestial no se ‘acuerda’ de lo que perdonó?msut.jpeg
 El verbo hebreo traducido “me acordaré” supone más que traer a la memoria el pasado. Como menciona la obra Theological Wordbook of the Old Testament, “conlleva además la idea de tomar la acción pertinente”. De modo que “acordarse” del pecado implica en esta acepción adoptar medidas contra los transgresores (Oseas 9:9). Por consiguiente, al decir Dios: “No me acordaré más de su pecado”, nos garantiza que cuando perdone sus faltas al arrepentido, no tomará luego represalias (Ezequiel 18:21, 22). Dios olvida en el sentido de que no saca a colación en repetidas ocasiones el mismo error para acusarnos o castigarnos una y otra vez. ¿Verdad que es reconfortante saber que él perdona y olvida?
Por LA BIBLIA
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LA MALA AMIGA DE LA BIBLIA

                                          El fracaso de la religión

Otra razón por la cual se acepta la evolución es el fracaso de la religión convencional tanto en cuanto a lo que enseña como en cuanto a lo que hace, así como el hecho de que no representa debidamente el relato bíblico de la creación. Las personas informadas están bien al tanto del registro religioso de hipocresía, opresión e inquisiciones. Han observado que el clero ha dado apoyo a dictadores asesinos. Saben que personas de la misma religión se han matado unas a otras por millones en las guerras, mientras el clero ha apoyado a cada lado de la contienda. Por eso, no hallan razón para tomar en consideración al Dios a quien estas religiones supuestamente representan. Además, las doctrinas absurdas y antibíblicas contribuyen a este alejamiento. Ideas como las del tormento eterno —que Dios ha de asar para siempre en un infierno de fuego literal a la gente— son repugnantes a las personas que razonan.

Sin embargo, tales enseñanzas y acciones religiosas no solo repugnan a las personas razonantes, sino que, según lo que la Biblia indica, también repugnan a Dios. Ciertamente la Biblia denuncia con franqueza la hipocresía de ciertos líderes religiosos. Por ejemplo, dice de ellos: “Ustedes también, por fuera realmente, parecen justos a los hombres, pero por dentro están llenos de hipocresía y de desafuero” (Mateo 23:28). Jesús dijo a la gente común que el clero de ellos estaba compuesto de “guías ciegos” que enseñaban, no lo que viene de Dios, sino mandatos contrarios, “mandatos de hombres como doctrinas” (Mateo 15:9, 14). De manera parecida, la Biblia condena a los religiosos que “declaran públicamente que conocen a Dios, pero [que] por sus obras lo repudian” (Tito 1:16). Así, a pesar de lo que afirman, las religiones que han promovido o aprobado tácitamente la hipocresía y el derramamiento de sangre no provienen de Dios, ni lo representan. En vez de eso, a tales sistemas se les llama “falsos profetas”, y se les compara con árboles que producen “fruto inservible”. (Mateo 7:15-20; Juan 8:44; 13:35; 1 Juan 3:10-12.)

Además, muchas religiones han capitulado en lo que se refiere a la evolución, y así han dejado sin alternativa a sus seguidores. Por ejemplo, la New Catholic Encyclopedia declara: “La evolución general, hasta del cuerpo del hombre, parece ser el más probable relato científico de los orígenes”13. En una reunión en el Vaticano, 12 doctos que representaban al más encumbrado cuerpo científico de la Iglesia Católica concordaron en esta conclusión: “Estamos convencidos de que cantidades masivas de prueba ponen más allá de disputa seria la aplicación del concepto de la evolución al hombre y a otros primates”14. Con tal apoyo religioso, ¿es probable que miembros no informados de tal iglesia opongan resistencia, aunque en realidad “cantidades masivas de prueba” no apoyan la evolución, sino, al contrario, realmente apoyan la creación?

El vacío que esto crea suele ser llenado por el agnosticismo y el ateísmo. La gente, al dejar de creer en Dios, acepta la evolución como la alternativa. Hoy día, en varios países el ateísmo basado en la evolución es hasta la política oficial del Estado. Por mucha de esta descreencia se puede responsabilizar a las religiones de este mundo.

A lo dicho se puede añadir que algunas doctrinas religiosas hacen que la gente crea que la Biblia enseña cosas que contradicen la realidad científica, y por eso la gente rechaza al Dios de la Biblia. Por ejemplo, como ya se señaló en un capítulo anterior, hay quienes alegan, erróneamente, que la Biblia enseña que la Tierra fue creada en seis días literales de 24 horas, y que solo tiene 6.000 años de existencia. Pero la Biblia no enseña estas cosas.

‘Ver es creer’

Hay personas que sinceramente rechazan el concepto de un Creador porque piensan que, como se ha dicho, ‘ver es creer’. Si algo no puede ser visto ni medido de alguna manera, entonces esas personas quizás piensen que no existe. Es verdad que en la vida diaria reconocen la existencia de muchas cosas que no pueden ser vistas, como la electricidad, el magnetismo, las ondas de radio o televisión, y la fuerza de gravedad. Sin embargo, esto no altera su punto de vista, porque todas estas cosas todavía pueden ser medidas o percibidas por otros medios físicos. Pero no hay manera física de ver ni medir a un Creador, o Dios.

No obstante, como hemos visto en capítulos anteriores, hay razón sólida para creer que un Creador invisible sí existe, porque podemos observar la prueba, los resultados físicos de su actividad. Notamos esto en la perfección y complejidad técnicas de la estructura atómica, en el universo magníficamente organizado, en el singular planeta Tierra, en los asombrosos diseños de los organismos vivos, y en el imponente cerebro humano. Estos son efectos que tienen que haber tenido una causa adecuada que dé cuenta de su existencia. Hasta los materialistas aceptan esta ley de causa y efecto en todos los demás asuntos. ¿Por qué no aceptarla también en cuanto al universo físico mismo?

Sobre este punto, nada es más diáfano que el argumento sencillo de la Biblia: “Desde que el mundo es mundo, lo invisible de [el Creador], es decir, su eterno poder y su divinidad, resulta visible para el que reflexiona sobre sus obras” (Romanos 1:20, Nueva Biblia Española). En otras palabras, la Biblia razona de efecto a causa. La creación visible, “sus obras” imponentes, son un efecto patente que tiene que haber tenido una causa inteligente. Esa causa invisible es Dios. Además, como Hacedor de todo el universo, el Creador indudablemente posee poder tan enorme que los humanos de carne y sangre no deberían esperar ver a Dios y sobrevivir. Como la Biblia comenta: “Ningún hombre puede ver [a Dios] y sin embargo vivir”. (Éxodo 33:20.)

Otra razón de importancia por la cual no creen

Hay otra razón de importancia por la cual muchas personas dejan de creer en Dios y aceptan la evolución. Esa razón es el mucho sufrimiento que existe. Por siglos ha habido muchísima injusticia, opresión, crimen, guerra, enfermedades y muerte. Muchas personas no entienden por qué le han sobrevenido todas estas penalidades a la familia humana. Les parece que un Creador todopoderoso no habría permitido tales cosas. Puesto que estas condiciones sí existen, esas personas piensan que Dios no pudiera existir. Así, cuando se les presenta la evolución, la aceptan como la única alternativa, muchas veces sin efectuar mucha investigación.

Entonces, ¿por qué permitiría tanto sufrimiento un Creador todopoderoso? ¿Será para siempre así? Entender la respuesta a este problema permitirá que uno, en cambio, comprenda la razón más profunda, oculta a la vista, de por qué la teoría de la evolución se ha generalizado tanto en nuestro tiempo.

 

 

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