Texto Libre

Monday 23 november 1 23 /11 /Nov 03:43
LAS Escrituras Hebreas se completaron a finales del siglo V antes de nuestra era. En los siglos que siguieron hubo eruditos judíos —sobre todo los soferim y, posteriormente, los masoretas— que fueron meticulosos custodios del texto hebreo, compilado en rollos. Sin embargo, los libros más antiguos de la Biblia se remontan a los días de Moisés y Josué, mil años antes del tiempo de los soferim. Como se escribieron sobre materiales perecederos, tuvieron que copiarse muchas veces. ¿Qué se sabe sobre la profesión de escriba en aquella época remota? ¿Había copistas capacitados en el antiguo Israel?
Los manuscritos bíblicos más antiguos de que disponemos hoy figuran entre los Rollos del mar Muerto, algunos de los cuales datan de los siglos tercero y segundo antes de nuestra era. El profesor Alan R. Millard, experto en lenguas y arqueología del Oriente Medio, explica: “Aunque no contamos con copias más antiguas de ninguna parte de la Biblia, las culturas vecinas nos muestran cómo trabajaban los escribas, y esa información nos ayuda a evaluar el texto hebreo y su historia”.
La profesión de los antiguos escribas
Hace cuatro mil años, en Mesopotamia ya se producían textos históricos, religiosos, jurídicos, académicos y literarios. Florecieron las escuelas de escribas, y una de las disciplinas que se enseñaba en ellas era el copiado fiel de textos. De hecho, los expertos de la actualidad tan solo encuentran cambios mínimos en textos babilonios copiados vez tras vez durante un milenio o más.
La profesión de escriba no se circunscribía a Mesopotamia. “Un escriba babilonio de mediados del segundo milenio antes de nuestra era se sentiría como en casa en cualquiera de los centros de escribas dispersos por toda Mesopotamia, Siria, Canaán e incluso Egipto”, señala The Oxford Encyclopedia of Archaeology in the Near East.
En tiempos de Moisés, los escribas se contaban entre las clases más privilegiadas de la sociedad egipcia. Continuamente copiaban obras literarias, y su labor se representa en decoraciones funerarias de más de cuatro mil años de antigüedad. La enciclopedia antes citada dice respecto a los escribas de aquella época: “Ya en el segundo milenio antes de nuestra era habían creado una colección de obras literarias en las que se reflejan las grandes civilizaciones de Mesopotamia y Egipto. Además, habían establecido un código ético para el escriba profesional”.
Este “código ético” incluía el uso de colofones, o añadiduras al texto principal, que ofrecían datos como los nombres del escriba y del propietario de la tablilla, la fecha, la fuente del original utilizado para la copia o la cantidad de líneas escritas. Muy a menudo, el escriba añadía: “Fiel a su original, escrito y revisado”. Estos detalles indican que los antiguos copistas se preocupaban mucho por la exactitud.
El profesor Millard, citado anteriormente, agrega: “Se percibe un proceso de copiado que incluía la revisión y la corrección, un proceso que contaba con mecanismos para cerrar el paso a los errores. Algunos de los métodos empleados —en especial contar las líneas o las palabras— resurgen en las tradiciones de los masoretas a principios de la Edad Media”. Por lo tanto, puede afirmarse que en el Oriente Medio, para la época de Moisés y Josué, ya se promovía la transmisión exacta de los escritos existentes.
Ahora bien, ¿tenían también los israelitas copistas cualificados? ¿Qué indican las pruebas que la propia Biblia aporta?
Los escribas en el antiguo Israel
Hallamos un primer ejemplo en Moisés, quien creció en el seno de la casa de Faraón (Éxodo 2:10; Hechos 7:21, 22). Según los egiptólogos, tuvo que aprender a dominar la escritura egipcia y por lo menos algunas habilidades de los escribas. En su libro Israel in Egypt, el profesor James K. Hoffmeier señala: “Hay razones para creer en la tradición bíblica que afirma que Moisés era capaz de registrar sucesos, llevar un diario de viaje y encargarse de otras tareas propias de los escribas”.
La Biblia también habla de otros israelitas de la antigüedad que tenían habilidades semejantes. Según la obra The Cambridge History of the Bible, Moisés “nombró funcionarios [...] para que dejaran constancia escrita de las decisiones que se tomaban y de los niveles jerárquicos”. Esta conclusión se basa en Deuteronomio 1:15, que dice: “De modo que [yo, Moisés,] tomé los cabezas de sus tribus [...] y los puse como cabezas sobre ustedes: jefes de millares y jefes de centenas y jefes de cincuentenas y jefes de decenas y oficiales de sus tribus”. ¿Quiénes eran estos oficiales?
La palabra hebrea para “oficial” aparece varias veces en textos bíblicos referentes a los días de Moisés y Josué. Distintos expertos indican que dicho término significa “secretario escribano”, “uno que ‘escribe’ o ‘registra’” y “escribano de tribunal”. Las apariciones de esta palabra hebrea muestran que en Israel existía una cantidad considerable de tales secretarios y que se les encomendaron muchas responsabilidades de peso en la temprana administración de la nación.
Un tercer ejemplo es el de los sacerdotes de Israel. La Encyclopaedia Judaica llega a la conclusión de que sus “deberes religiosos y seglares les exigían saber leer y escribir”. Por ejemplo, Moisés dio este mandato a los hijos de Leví: “Al cabo de cada siete años [...] leerás esta ley enfrente de todo Israel”. Los sacerdotes llegaron a ser los custodios de la copia oficial de la Ley, y ellos autorizaban y supervisaban la elaboración de otras copias (Deuteronomio 17:18, 19; 31:10, 11).
Veamos cómo se realizó la primera copia de la Ley. En el último mes de su vida, Moisés les dijo a los israelitas: “En el día que crucen el Jordán a la tierra que Jehová tu Dios te da, entonces tienes que erigirte grandes piedras y blanquearlas con cal. Y tienes que escribir sobre ellas todas las palabras de esta ley” (Deuteronomio 27:1-4). Tras la destrucción de Jericó y de Hai, los israelitas se congregaron en el monte Ebal, situado en el centro de la Tierra Prometida, y Josué escribió en las piedras de un altar “una copia de la ley de Moisés” (Josué 8:30-32). Aquellas inscripciones exigieron que hubiera tanto escritores como lectores, lo que indica que los antiguos israelitas tenían las capacidades y destrezas necesarias para preservar con exactitud sus textos sagrados.
La integridad del texto bíblico
En épocas posteriores a la de Moisés y Josué se produjeron otros rollos escritos en hebreo, y también de ellos se realizaron copias manuscritas. A medida que estas se deterioraban o sucumbían a los efectos de la humedad o el moho, tenían que ser reemplazadas, por lo que el proceso de copiar y copiar siguió vivo a lo largo de los siglos.
A pesar del cuidado que ponían los copistas de la Biblia, inevitablemente se introdujeron algunos errores. Sin embargo, ¿provocaron cambios significativos? La respuesta es no. En conjunto, son insignificantes y no tienen ningún efecto sustancial en la integridad del texto bíblico, como lo demuestra la comparación crítica de manuscritos antiguos.
Para los cristianos, el punto de vista de Jesucristo sobre los primeros libros bíblicos constituye una confirmación de la integridad textual de las Santas Escrituras. Expresiones como: “¿No leyeron en el libro de Moisés [...]?”, o como: “Moisés les dio la Ley, ¿no es verdad?”, muestran que Jesús consideraba que las copias manuscritas que circulaban cuando él estuvo en la Tierra eran confiables (Marcos 12:26; Juan 7:19). Además, confirmó la integridad textual de la totalidad de las Escrituras Hebreas cuando dijo: “Todas las cosas escritas en la ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos acerca de mí tenían que cumplirse” (Lucas 24:44).
Por lo tanto, no faltan razones para confiar en que las Santas Escrituras se han transmitido con exactitud desde la antigüedad. Es tal como declaró por inspiración divina el profeta Isaías: “La hierba verde se ha secado, la flor se ha marchitado; pero en cuanto a la palabra de nuestro Dios, durará hasta tiempo indefinido” (Isaías 40:8).
Por LA BIBLIA
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LA MALA AMIGA DE LA BIBLIA

                                          El fracaso de la religión

Otra razón por la cual se acepta la evolución es el fracaso de la religión convencional tanto en cuanto a lo que enseña como en cuanto a lo que hace, así como el hecho de que no representa debidamente el relato bíblico de la creación. Las personas informadas están bien al tanto del registro religioso de hipocresía, opresión e inquisiciones. Han observado que el clero ha dado apoyo a dictadores asesinos. Saben que personas de la misma religión se han matado unas a otras por millones en las guerras, mientras el clero ha apoyado a cada lado de la contienda. Por eso, no hallan razón para tomar en consideración al Dios a quien estas religiones supuestamente representan. Además, las doctrinas absurdas y antibíblicas contribuyen a este alejamiento. Ideas como las del tormento eterno —que Dios ha de asar para siempre en un infierno de fuego literal a la gente— son repugnantes a las personas que razonan.

Sin embargo, tales enseñanzas y acciones religiosas no solo repugnan a las personas razonantes, sino que, según lo que la Biblia indica, también repugnan a Dios. Ciertamente la Biblia denuncia con franqueza la hipocresía de ciertos líderes religiosos. Por ejemplo, dice de ellos: “Ustedes también, por fuera realmente, parecen justos a los hombres, pero por dentro están llenos de hipocresía y de desafuero” (Mateo 23:28). Jesús dijo a la gente común que el clero de ellos estaba compuesto de “guías ciegos” que enseñaban, no lo que viene de Dios, sino mandatos contrarios, “mandatos de hombres como doctrinas” (Mateo 15:9, 14). De manera parecida, la Biblia condena a los religiosos que “declaran públicamente que conocen a Dios, pero [que] por sus obras lo repudian” (Tito 1:16). Así, a pesar de lo que afirman, las religiones que han promovido o aprobado tácitamente la hipocresía y el derramamiento de sangre no provienen de Dios, ni lo representan. En vez de eso, a tales sistemas se les llama “falsos profetas”, y se les compara con árboles que producen “fruto inservible”. (Mateo 7:15-20; Juan 8:44; 13:35; 1 Juan 3:10-12.)

Además, muchas religiones han capitulado en lo que se refiere a la evolución, y así han dejado sin alternativa a sus seguidores. Por ejemplo, la New Catholic Encyclopedia declara: “La evolución general, hasta del cuerpo del hombre, parece ser el más probable relato científico de los orígenes”13. En una reunión en el Vaticano, 12 doctos que representaban al más encumbrado cuerpo científico de la Iglesia Católica concordaron en esta conclusión: “Estamos convencidos de que cantidades masivas de prueba ponen más allá de disputa seria la aplicación del concepto de la evolución al hombre y a otros primates”14. Con tal apoyo religioso, ¿es probable que miembros no informados de tal iglesia opongan resistencia, aunque en realidad “cantidades masivas de prueba” no apoyan la evolución, sino, al contrario, realmente apoyan la creación?

El vacío que esto crea suele ser llenado por el agnosticismo y el ateísmo. La gente, al dejar de creer en Dios, acepta la evolución como la alternativa. Hoy día, en varios países el ateísmo basado en la evolución es hasta la política oficial del Estado. Por mucha de esta descreencia se puede responsabilizar a las religiones de este mundo.

A lo dicho se puede añadir que algunas doctrinas religiosas hacen que la gente crea que la Biblia enseña cosas que contradicen la realidad científica, y por eso la gente rechaza al Dios de la Biblia. Por ejemplo, como ya se señaló en un capítulo anterior, hay quienes alegan, erróneamente, que la Biblia enseña que la Tierra fue creada en seis días literales de 24 horas, y que solo tiene 6.000 años de existencia. Pero la Biblia no enseña estas cosas.

‘Ver es creer’

Hay personas que sinceramente rechazan el concepto de un Creador porque piensan que, como se ha dicho, ‘ver es creer’. Si algo no puede ser visto ni medido de alguna manera, entonces esas personas quizás piensen que no existe. Es verdad que en la vida diaria reconocen la existencia de muchas cosas que no pueden ser vistas, como la electricidad, el magnetismo, las ondas de radio o televisión, y la fuerza de gravedad. Sin embargo, esto no altera su punto de vista, porque todas estas cosas todavía pueden ser medidas o percibidas por otros medios físicos. Pero no hay manera física de ver ni medir a un Creador, o Dios.

No obstante, como hemos visto en capítulos anteriores, hay razón sólida para creer que un Creador invisible sí existe, porque podemos observar la prueba, los resultados físicos de su actividad. Notamos esto en la perfección y complejidad técnicas de la estructura atómica, en el universo magníficamente organizado, en el singular planeta Tierra, en los asombrosos diseños de los organismos vivos, y en el imponente cerebro humano. Estos son efectos que tienen que haber tenido una causa adecuada que dé cuenta de su existencia. Hasta los materialistas aceptan esta ley de causa y efecto en todos los demás asuntos. ¿Por qué no aceptarla también en cuanto al universo físico mismo?

Sobre este punto, nada es más diáfano que el argumento sencillo de la Biblia: “Desde que el mundo es mundo, lo invisible de [el Creador], es decir, su eterno poder y su divinidad, resulta visible para el que reflexiona sobre sus obras” (Romanos 1:20, Nueva Biblia Española). En otras palabras, la Biblia razona de efecto a causa. La creación visible, “sus obras” imponentes, son un efecto patente que tiene que haber tenido una causa inteligente. Esa causa invisible es Dios. Además, como Hacedor de todo el universo, el Creador indudablemente posee poder tan enorme que los humanos de carne y sangre no deberían esperar ver a Dios y sobrevivir. Como la Biblia comenta: “Ningún hombre puede ver [a Dios] y sin embargo vivir”. (Éxodo 33:20.)

Otra razón de importancia por la cual no creen

Hay otra razón de importancia por la cual muchas personas dejan de creer en Dios y aceptan la evolución. Esa razón es el mucho sufrimiento que existe. Por siglos ha habido muchísima injusticia, opresión, crimen, guerra, enfermedades y muerte. Muchas personas no entienden por qué le han sobrevenido todas estas penalidades a la familia humana. Les parece que un Creador todopoderoso no habría permitido tales cosas. Puesto que estas condiciones sí existen, esas personas piensan que Dios no pudiera existir. Así, cuando se les presenta la evolución, la aceptan como la única alternativa, muchas veces sin efectuar mucha investigación.

Entonces, ¿por qué permitiría tanto sufrimiento un Creador todopoderoso? ¿Será para siempre así? Entender la respuesta a este problema permitirá que uno, en cambio, comprenda la razón más profunda, oculta a la vista, de por qué la teoría de la evolución se ha generalizado tanto en nuestro tiempo.

 

 

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