Texto Libre

Sunday 15 november 7 15 /11 /Nov 21:26
La dolorosa emancipación de los hijos
“Mi esposo me lo advirtió desde que tuve al primero: ‘Cariño, la crianza de los hijos es un largo adiós’.” (Ourselves and Our Children—A Book by and for Parents [Nosotros y nuestros hijos. Un libro para los padres escrito por padres].)
LA MAYORÍA de los padres están muy felices, sí, locos de contento, cuando nace el primer retoño. Aunque los hijos acarrean incomodidades, dificultades, dolores, frustraciones e inquietudes, también pueden brindar grandes alegrías. Hace tres milenios, la Biblia indicó: “Los hijos que nos nacen son ricas bendiciones del Señor” (Salmo 127:3, Versión Popular).
No obstante, el siguiente vaticinio bíblico nos invita a la reflexión: “El hombre dejará a su padre y a su madre” (Génesis 2:24). Los hijos suelen marcharse de casa por diversas razones: para educarse, realizar su vocación, expandir el ministerio cristiano o contraer matrimonio. Esta realidad es para muchos progenitores sencillamente insufrible, de modo que los esfuerzos naturales de sus vástagos por independizarse hacen que se sientan “insultados, indignados, abochornados, amenazados o rechazados”, como dijo cierto escritor. Con frecuencia, la situación se traduce en continuas riñas y tensiones familiares. Negándose a aceptar que un día dejarán el nido, algunos no los preparan para la vida adulta, a veces con consecuencias nefastas, como no saber administrar el hogar, cuidar de la familia o siquiera mantener un empleo.
La separación puede ser aún más dolorosa en las familias monoparentales. “Mi hija y yo estamos muy unidas —comentó Karen, madre sin cónyuge—; nos hicimos buenas amigas. La llevaba conmigo a todos los sitios.” En la familia monoparental es frecuente que el progenitor tenga una estrecha relación con el hijo, por lo que se comprende que le aterre perderla.
El libro Traits of a Healthy Family (Características de una familia sana) da este recordatorio a los padres: “La vida familiar se reduce a criar al niño que depende de nosotros para que sea un adulto independiente”. Luego advierte: “Muchos problemas de familia obedecen a la incapacidad de los padres para dejarlos salir del nido”.
¿Qué puede decirse de usted, si es padre? ¿Está listo para el día en que se emancipen sus hijos? Y ¿qué hay de ellos? ¿Los está preparando para cuando vivan por su cuenta?

Los padres y las madres saben que un día los hijos se irán de casa, bien para continuar sus estudios en otro lugar o, sencillamente, porque se independizan y forman otro hogar.

Sin embargo, y a pesar de saberlo, cuando ocurre, algunos padres y, sobre todo, bastantes madres, sufren lo que se denomina el síndrome del “nido vacío”. Éste afecta más a las madres, dado que para ellas, en general, los hijos forman parte de su proyecto de vida; los padres viven a los hijos de forma distinta y sienten esta separación de manera menos traumática.

Dicho síndrome suele conllevar: soledad, la búsqueda del sentido de la vida e incluso, el cuestionamiento de la relación de pareja cuando ésta se mantiene “por el bien de los hijos”.

Muchas madres organizan su vida pensando exclusivamente en los hijos, están continuamente pendientes de ellos y no cuentan con actividades para ir haciendo su propio desarrollo personal. Por eso, cuando los hijos se van de casa, pasan de considerarse imprescindibles a sentir un enorme vacío; de estar ocupadas todo el tiempo, a no saber qué hacer con su vida. Esto lo notan especialmente las madres que no trabajan fuera de casa, pero puede afectar a las demás si no reconocen que los hijos conforman una realidad distinta a la de los padres.

Para que esta crisis emocional afecte lo menos posible, conviene aceptar la situación y prepararse para ella.

Aunque en bastantes casos es complicado, va bien reservarse un poco de tiempo cada día para resolver determinadas necesidades, bien de manera individual o en pareja: amistades, aficiones, viajes..., o sea, asuntos que ni las madres ni los padres pueden satisfacer con los hijos. Además conviene cuidar de la pareja mientras los hijos están en casa, pues a veces se prioriza de manera permanente a los hijos, olvidándose de que cada miembro de la pareja requiere también una serie de atenciones del otro. Si éstas no llegan, seguramente la vivencia será de pérdida y de distanciamiento entre ellos.

Los padres y, sobre todo las madres, deben pensar también en ellas mismas y no plantearse su vida sólo a través de los hijos, pues éstos son importantes, pero las madres también. Necesitan aprender a cuidarse, tanto en los aspectos físicos como en los emocionales, de lo contrario, es probable que el día de la partida de los hijos, sientan frustración y merma en su autoestima al comprobar que ya no los necesitan

Por LA BIBLIA
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LA MALA AMIGA DE LA BIBLIA

                                          El fracaso de la religión

Otra razón por la cual se acepta la evolución es el fracaso de la religión convencional tanto en cuanto a lo que enseña como en cuanto a lo que hace, así como el hecho de que no representa debidamente el relato bíblico de la creación. Las personas informadas están bien al tanto del registro religioso de hipocresía, opresión e inquisiciones. Han observado que el clero ha dado apoyo a dictadores asesinos. Saben que personas de la misma religión se han matado unas a otras por millones en las guerras, mientras el clero ha apoyado a cada lado de la contienda. Por eso, no hallan razón para tomar en consideración al Dios a quien estas religiones supuestamente representan. Además, las doctrinas absurdas y antibíblicas contribuyen a este alejamiento. Ideas como las del tormento eterno —que Dios ha de asar para siempre en un infierno de fuego literal a la gente— son repugnantes a las personas que razonan.

Sin embargo, tales enseñanzas y acciones religiosas no solo repugnan a las personas razonantes, sino que, según lo que la Biblia indica, también repugnan a Dios. Ciertamente la Biblia denuncia con franqueza la hipocresía de ciertos líderes religiosos. Por ejemplo, dice de ellos: “Ustedes también, por fuera realmente, parecen justos a los hombres, pero por dentro están llenos de hipocresía y de desafuero” (Mateo 23:28). Jesús dijo a la gente común que el clero de ellos estaba compuesto de “guías ciegos” que enseñaban, no lo que viene de Dios, sino mandatos contrarios, “mandatos de hombres como doctrinas” (Mateo 15:9, 14). De manera parecida, la Biblia condena a los religiosos que “declaran públicamente que conocen a Dios, pero [que] por sus obras lo repudian” (Tito 1:16). Así, a pesar de lo que afirman, las religiones que han promovido o aprobado tácitamente la hipocresía y el derramamiento de sangre no provienen de Dios, ni lo representan. En vez de eso, a tales sistemas se les llama “falsos profetas”, y se les compara con árboles que producen “fruto inservible”. (Mateo 7:15-20; Juan 8:44; 13:35; 1 Juan 3:10-12.)

Además, muchas religiones han capitulado en lo que se refiere a la evolución, y así han dejado sin alternativa a sus seguidores. Por ejemplo, la New Catholic Encyclopedia declara: “La evolución general, hasta del cuerpo del hombre, parece ser el más probable relato científico de los orígenes”13. En una reunión en el Vaticano, 12 doctos que representaban al más encumbrado cuerpo científico de la Iglesia Católica concordaron en esta conclusión: “Estamos convencidos de que cantidades masivas de prueba ponen más allá de disputa seria la aplicación del concepto de la evolución al hombre y a otros primates”14. Con tal apoyo religioso, ¿es probable que miembros no informados de tal iglesia opongan resistencia, aunque en realidad “cantidades masivas de prueba” no apoyan la evolución, sino, al contrario, realmente apoyan la creación?

El vacío que esto crea suele ser llenado por el agnosticismo y el ateísmo. La gente, al dejar de creer en Dios, acepta la evolución como la alternativa. Hoy día, en varios países el ateísmo basado en la evolución es hasta la política oficial del Estado. Por mucha de esta descreencia se puede responsabilizar a las religiones de este mundo.

A lo dicho se puede añadir que algunas doctrinas religiosas hacen que la gente crea que la Biblia enseña cosas que contradicen la realidad científica, y por eso la gente rechaza al Dios de la Biblia. Por ejemplo, como ya se señaló en un capítulo anterior, hay quienes alegan, erróneamente, que la Biblia enseña que la Tierra fue creada en seis días literales de 24 horas, y que solo tiene 6.000 años de existencia. Pero la Biblia no enseña estas cosas.

‘Ver es creer’

Hay personas que sinceramente rechazan el concepto de un Creador porque piensan que, como se ha dicho, ‘ver es creer’. Si algo no puede ser visto ni medido de alguna manera, entonces esas personas quizás piensen que no existe. Es verdad que en la vida diaria reconocen la existencia de muchas cosas que no pueden ser vistas, como la electricidad, el magnetismo, las ondas de radio o televisión, y la fuerza de gravedad. Sin embargo, esto no altera su punto de vista, porque todas estas cosas todavía pueden ser medidas o percibidas por otros medios físicos. Pero no hay manera física de ver ni medir a un Creador, o Dios.

No obstante, como hemos visto en capítulos anteriores, hay razón sólida para creer que un Creador invisible sí existe, porque podemos observar la prueba, los resultados físicos de su actividad. Notamos esto en la perfección y complejidad técnicas de la estructura atómica, en el universo magníficamente organizado, en el singular planeta Tierra, en los asombrosos diseños de los organismos vivos, y en el imponente cerebro humano. Estos son efectos que tienen que haber tenido una causa adecuada que dé cuenta de su existencia. Hasta los materialistas aceptan esta ley de causa y efecto en todos los demás asuntos. ¿Por qué no aceptarla también en cuanto al universo físico mismo?

Sobre este punto, nada es más diáfano que el argumento sencillo de la Biblia: “Desde que el mundo es mundo, lo invisible de [el Creador], es decir, su eterno poder y su divinidad, resulta visible para el que reflexiona sobre sus obras” (Romanos 1:20, Nueva Biblia Española). En otras palabras, la Biblia razona de efecto a causa. La creación visible, “sus obras” imponentes, son un efecto patente que tiene que haber tenido una causa inteligente. Esa causa invisible es Dios. Además, como Hacedor de todo el universo, el Creador indudablemente posee poder tan enorme que los humanos de carne y sangre no deberían esperar ver a Dios y sobrevivir. Como la Biblia comenta: “Ningún hombre puede ver [a Dios] y sin embargo vivir”. (Éxodo 33:20.)

Otra razón de importancia por la cual no creen

Hay otra razón de importancia por la cual muchas personas dejan de creer en Dios y aceptan la evolución. Esa razón es el mucho sufrimiento que existe. Por siglos ha habido muchísima injusticia, opresión, crimen, guerra, enfermedades y muerte. Muchas personas no entienden por qué le han sobrevenido todas estas penalidades a la familia humana. Les parece que un Creador todopoderoso no habría permitido tales cosas. Puesto que estas condiciones sí existen, esas personas piensan que Dios no pudiera existir. Así, cuando se les presenta la evolución, la aceptan como la única alternativa, muchas veces sin efectuar mucha investigación.

Entonces, ¿por qué permitiría tanto sufrimiento un Creador todopoderoso? ¿Será para siempre así? Entender la respuesta a este problema permitirá que uno, en cambio, comprenda la razón más profunda, oculta a la vista, de por qué la teoría de la evolución se ha generalizado tanto en nuestro tiempo.

 

 

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